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24 feb 2008

Para mí, simplemente papá

Trabajador, negociante, conquistador, creyente, fiestero… así era él; Ernesto para sus amigos, Netico para la familia y para mí, simplemente papá.

Se lo dije muchas veces – papá…deja de ir tanto a Oriente, que ya no tienes edad para esos trajines…_Ni caso, continuó viajando en cualquier medio de transporte que se le presentara para vencer los cientos de kilómetros que separaban La Habana de Cayo Mambí, su pueblo.

En ese andar de “ melolico” en los tiempos difíciles de los años 90, cuando Cuba atravesaba por una de las mayores crisis económicas de su historia, él se subió a la cama de un viejo camión durante más de 10 horas. El aire, la lluvia y todo lo que le cayó encima le provocaron una neumonía de la que no pudo salir y se fue, dejándonos a todos huérfanos de él, de sus cuentos, sus oraciones y de su dinerito que bien le venía a mi madre.

Este oficio de “ melolico”, el típico buscavidas cubano de los años 90, lo practicó después de su jubilación, porque según él, los 100 pesos de la pensión no le alcanzaban para vivir.

En sus años mozos papá era delgado y de estatura mediana, pero fuerte como el roble. Era ese típico hombre de pueblo que luchaba a diario por mantener dos familias. La mía, de señor casado con hijos, y la otra con su “querida”.

Aún así, nos bautizó a todos en la iglesia católica del pueblo y nos alentó durante toda su vida a tener fe y creer en el cristianismo

Conocidos y familiares le admiraban por su generosidad, por ser el obrero de los hornos del Central, que cada día y durante casi 50 años hizo funcionar las calderas que cocinaban la caña de azúcar en su primer proceso industrial.

Pero papá también destacaba por negocios con el Juego. Tenía su propio local que consistía en una habitación de madera y techo de zinc, ubicada en el ala izquierda de nuestra casa. Allí acudían personajes de lo más variopinto y entre ellos Nicasio, su mejor amigo, un guardia del cuartel de los “casquitos”, nombre con el que se identificaban los militares de Batista.

Según señalan algunos historiadores en la segunda mitad de la década del 50, Cuba era un templo de juego y una crónica periodística de la época así lo refleja:

Ahora se juega donde quiera, como quiera, y más que nunca en toda la historia de la nación. Se apunta al verso, la centena y el terminal en la vidriera de la esquina. Se compran cartones de bingo en los cabarets. Se juega al interés a la canasta en las residencias particulares. Se pierden las monedas en los traganíqueles de los cafés y billares. Se esfuman miles de dólares en el tapete verde de la ruleta controlada por la mafia internacional del juego. Se rifan automóviles en las calles. Y lo mismo se sortea una casa en una pastilla de jabón que un automóvil del 58 en la etiqueta de un pote de dulce”.

El mismo artículo reitera y señala. “Se juega en todas partes. A toda hora del día y de la noche y con cualquier pretexto. Jamás en la historia se vio un pueblo más pendiente del azar que el pueblo cubano ahora. Asimismo, jamás en la historia se vio un auspiciamiento estatal al juego como lo que se ve en Cuba ahora”

Con la situación que vivía el país en aquellos momentos, no es de extrañar que en un pueblo como Cayo Mambí, dependiente sólo de la Zafra Azucarera, que ocupaba a los trabajadores apenas cuatro meses del año, proliferara el juego… como única vía de sobrellevar los 8 meses de “Tiempo Muerto”. Pero también debo decir, que mi padre, además de su trabajo y la lotería, tenía un trocito de tierra en las afueras del pueblo en el que cultivaba yuca, plátano burro y maní.

Con el triunfo de la Revolución, se prohibieron todos los juegos, pero para papá continuó en lo suyo y de forma clandestina se dedicó entonces a la bolita, juego de azar, que según los entendidos de la época estaba considerado como uno de los negocios más serios de esos tiempos.

De escuchar a mi padre aprendí que en la bolita hay mil números. Pero se puede jugar a un “fijo” o a un “corrido”. A una “centena” o a un terminal, o a varios de ellos al mismo tiempo.

Esa parte de la familia que le justifica, afirman que sus viajes a Oriente tenían el sólo objetivo de visitar a “mamita”, mi abuela, quien murió recientemente con más de 100 años. Pero tengo la convicción, que además de ver su familia, viajaba para atender sus incondicionales y eternos clientes de la “bolita”

En varias ocasiones le escuche decir, que cuando conoció a mi madre, vestía de forma impecable con pantalones y guayaberas blancas como el jazmín, zapatos de dos tonos y sombrero de paja, argumentos irrebatibles para su conquista.

Contaba interminables historias de su época de concejal. De cuando viajó a La Habana para encontrarse con el mismísimo presidente del país, Fulgencio Batista.

En particular, a mí me encantaban sus anécdotas de adolescente. Decía que con 14 años bajaba de las lomas de Topí al poblado de las minas de Moa a vender estatuillas religiosas de barro. En una ocasión, después de andar horas y horas sin vender nada, al llegar a la cima de una cuesta de grabillas resbaló, rodó loma abajo y las estatuillas se hicieron añiscos. Tuvo que trabajar seis meses para pagar aquella mercancía.

Una de sus distracciones favoritas era el pasar una noche entera buscando cangrejos y regresar a casa con el saco de yute hasta el tope para que mi madre preparara ese delicioso enchilao que con tanto gusto acompañaba con yuca y su botellita de ron. Recordaré siempre su cara de satisfacción al comer…y sobre todo cuando tenía invitados y pronunciaba su típica frase…_ Venga compadre… arrímese y coma que donde hay para uno hay para tres_.

Además de sus entrañables recuerdos, mi hermano Papi, el primogénito, heredó la responsabilidad de llevar a mamá el café de cada día antes de levantarse, tarea que él hizo durante más de 50 años que pasaron juntos. Aún hoy, mi hermano continúa con ese legado.

Papá disfrutaba del comer, del ron, del puro y los bisnes a la par que su trabajo. Quizás por ese espíritu trasgresor que le caracterizaba, no reprocho el hecho de que yo abandonara el país, sino todo lo contrario, sentí su apoyo en una decisión tan arriesgada.

Trabajador, negociante, conquistador, creyente, fiestero… así era él, Ernesto para sus amigos, Netico para la familia, y para mí simplemente papá.

P/D : !Ah!…había olvidado decir que me parezco a él.

Relato escrito por Josefa Buzzi el 24 de febrero 2008

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