12 feb. 2008

Mi primer amor

Un relato personal


Peñita… así se llamaba aquel muchacho que despertó mis primeros instintos amorosos en el año 1962 cuando yo apenas había cumplido los doce años.

Era obrero del central azucarero, como mi padre y la mayoría de los hombres del pueblo, pero lo conocí en la casa de Agapito, nuestro vecino el plomero.

Siempre que mi madre se descuidaba yo brincaba la vieja cerca de alambre de púas que dividía nuestros patios para ir a jugar, tomar un café… y esperar a mi amado.

Agapito tenía seis hijos en escalón que oscilaban entre los 20 y 10 años y sólo una hembra, Reina, mi amiga del alma. Estudiábamos la secundaria básica en la misma escuela.

Peñita solía visitarlos por las tardes y allí estaba yo. Una sensación paseaba mi cuerpo cada vez que lo veía y aunque no sabía qué significaba aquello, sí experimentaba cierto placer desconocido.
Una tarde en que tomábamos el café que nos hacía Josefina, llegó Peñita y se sentó justo a mi lado. Noté que Agapito me miraba con cierta picardía .

Desde su balance de madera, arrimado a un rincón del salón donde escuchaba la radio, reía mostrando los dos dientes de oro que tenía en su dentadura postiza superior. Todos tenían la vista fija en mí y Agapito se apresuró a decirme _Josefa, tráele una taza de café a nuestro amigo-
Fue tal mi perturbación que fui directo a la cocina y en lugar de servir la taza de café me llevé al salón un candil encendido que había en un esquinero Y allí estaba yo, paralizada, en medio de la sala, con mi candil en la mano y todos muertos de risa hasta desternillarse… Salí corriendo embargada de vergüenza.

Creo fue ese el momento en que Peñita se dio cuenta de lo que yo sentía. Pero él tenía veinte años y yo sólo doce.

Unos días después coincidimos en la matiné del domingo en el único cine que había en el pueblo. Se sentó a mi lado y me dijo que aún era una niña pero que él esperaría a que cumpliera los quince años y entonces nos haríamos novios y nos casaríamos.

Meses más tarde me trasladé a vivir con mi abuela a La Habana.

Mientras esperaba cumplir “los quince” Reina escribía contándome cada detalle de las conquistas amorosas de mi galán hasta que poco a poco esas cartas fueron apagándose.

Nunca más regresé a mi pueblo, pero Peñita y el batey donde nací, con sus casas gemelas de madera ,las calles de tierra inundadas de bagacillo y el fuerte olor a miel de purga siguen encendidas en mí como la lumbre de aquel candil que desveló mis primeros instintos amorosos.

Madrid, 6 de la madrugada del lunes día 12 de mayo del 2003.

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