17 feb. 2008

Mi abuelo Tito

Para conocer a mi abuelo Tito tuve que andar kilómetros y kilómetros a través de llanuras, ríos y montañas, sobre todo la “Siete Leguas” que resultaba interminable. Primero tomamos el viajero, un pequeño tren de pasajeros hasta Nicaro. Allí mi padre alquiló un carretón de caballos que nos llevó por un camino que atravesaba tres ríos.

Después de varias horas y ya entrada la noche nos quedamos a dormir en una casa de yagua y piso de tierra donde vivía un campesino amigo de mi abuelo.


Tal era mi cansancio, que sólo me preocupaba ver la habitación donde dormiríamos porque a golpe de vista sólo veía allí dos habitaciones sin puertas ni ventanas: La cocina donde nos encontrábamos y una habitación contigua donde se podía ver dos camas grandes de hierro con mosquiteros puestos.
Jacinto y su mujer vivían con sus tres hijos que en ningún momento los vimos porque se encontraban durmiendo. Allí tomamos un café claro con galletas que me supo a gloria .

Mientras mi madre le daba el pecho a Titico, mi hermano pequeño, y papá conversaba animadamente con Jacinto, Carolina nos hacía una cama en el suelo y para que fuera más cómoda recogió toda la ropa de la casa, las acomodó y luego las cubrió con un par de sábanas .A mí me pareció el mejor colchón del mundo y dormí placenteramente. Ya de madrugada Carolina brincaba por encima de nosotros para encender el fogón y preparar el café.

Luego de tomarlo emprendimos el camino, a pie, loma arriba. Clemente, machete en mano despejaba el camino de los matorrales para que nosotros pudiéramos pasar. Cruzamos las “Siete Leguas” una montaña que recibía ese nombre porque para poder salir de ella había que darle siete vueltas. Finalmente llegamos al punto del camino donde nos esperaban dos trabajadores de mi abuelo con las mulas que nos llevarían hasta su casa.

Era precisamente en ese lugar donde comenzaba el cafetal de mi abuelo, una finca de varias caballerías de tierra donde no recuerdo haber visto ningún llano, salvo el espacio que ocupaba su casa. Ya entrada la tarde finalmente llegamos a la casa de mi abuelo. Era una vivienda muy grande de paredes de madera y techo de guano. El portal le daba la vuelta a la casa y de él colgaban monturas de caballos, y todo tipo de herramientas de labranza.

En el salón de la casa lo mismo y como único elemento diferente, un cuadro del corazón de Jesús. Allí sí que había habitaciones. Yo compartía la de cristinita, una niña que habían adoptado desde muy pequeña. Mi abuelo vivía con Cristina su segunda esposa, porque hacía muchos años que estaba separado de mi abuela, la madre de sus seis hijos. Mi abuelo era una de los mayores terratenientes del café de la provincia de Guantánamo, la más oriental del país.

Era un hombre de mediana estatura, mulato, curtido por el sol y con un carácter recio. Se alegró mucho de vernos .Nunca he podido saber dónde nació mi abuelo, pero dicen que llegó a Topí, así se llamaba la región donde vivía, con trece años y comenzó a trabajar de arriero hasta que se compró su primera mula. Poco a poco con el esfuerzo de su trabajo fue creciendo su capital hasta convertirse en uno de los hombres más ricos de esa zona .Allí pasamos el "Tiempo Muerto" recogiendo café .Es difícil describir un lugar como aquel donde estaban las palmeras más altas que he visto jamás y donde casi tocas las nubes con las manos.

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