23 feb. 2008

Antonia

Con Antonia me pasó como con la nieve de este invierno; la vi llegar apacible y tranquila, con sus brillantes ojos negros conquistando las cuerdas de su guitarra para emitir ese sonido gitano que lo copa todo, nos estremece e impulsa a las palmadas, comprometiéndonos con su canto de tristeza oculta.

Tiene 35 años y es miembro de una familia gitana de “La Virgen del Camino", barrio situado a unos 13 kilómetros de la ciudad de León, en la región de Castilla.

Con doce años y sin alcanzar el tercer grado, Antonia asume la responsabilidad del cuidado de su padre y diez hermanos para que su madre trabajara de doméstica y así ayudar al sustento de la familia,

_ Era una situación desesperada _ comenta_ porque en nuestro chabolo no había electricidad ni agua corriente. Imagínese que para lavar en el río, tenía que romper el hielo a cantos._

Se casó a los dieciséis años con José Luis, un chaval de su misma edad con el que ha tenido cinco hijos, que oscilan entre los diecisiete y tres años de edad.

Esta mujer, de frágil figura, relata pasajes de su vida entre accidentados suspiros y lamentos.

_ Un tiempo después, mi marido se fue de casa dejándome sola con tres niños y uno en camino; pase mucho, mucho._ Afirma_.

_Por temporadas recogía patatas y uvas. El resto del año ni hablar de encontrar trabajo_.

Antonia alza su cara, mira al cielo y levanta sus brazos en señal de alabanza y su voz brota nuevamente con naturalidad.

_Gracias a Dios que el párroco del pueblo me ayudaba diariamente con dos cajas de leche y cuatro barras de pan. Nunca olvidaré _ enfatiza_, aquel gesto de regalarle a mi hija la cartilla de su primer día de colegio._

Dice Antonia que luego de regresar su marido a casa, ya con el vicio de consumir y vender drogas, la contagió a ella también, sin tener conciencia de la gravedad del asunto, ni violación de leyes; sólo veía que sus hijos podían comer dos o tres veces al día, se ponían ropa y zapatos y hasta le compró una tele.

_ Mi verdadera pesadilla comenzó en ese momento_ afirma_ los gitanos mayores me miraban como si fuera una bruja y en poco tiempo me expulsaron de mi chabola y la comunidad... Recuerdo que fui a vivir a una casa de campaña a la orilla de un río, donde calentaba a mis hijos con fogatas y rescoldos, yo sola, porque mi marido ya estaba preso_.

Con gesto de amargura en el rostro, Antonia recuerda esos años de penuria.

_ Yo también fui condenada en la misma causa de mi marido, pero como tenía mis hijos chicos y uno recién nacido, escapé de la justicia y he estado rodando con ellos a cuestas tres largos años._

Ahora, esta mujer gitana cumple prisión y en nuestro diálogo no deja de mencionar su pesar por abandonar los estudios siendo niña y cómo sufre por sus cinco hijos que efrentan solos ese mismo medio social en el que ella vivió y por el que está recluída.

Pero también dice tener fe en Dios y pide con todas sus fuerzas que sus hijos sean hombres de bien y nunca pasen por las experiencias de ella.

Mientras tanto, Antonia sigue allí, apacible y tranquila, como la nieve de este invierno, conquistando las cuerdas de su guitarra para emitir ese sonido gitano que lo copa todo, nos estremece e invita a las palmadas, comprometiéndonos con su canto de tristeza oculta.

Entrevista realizada por Josefa Buzzi en la ya desaparecida prisión de Carabanchel, el 10 de enero de 1997.

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